Energía eólica rompe récord y acelera nuevas inversiones en México

La generación de energía eólica alcanzó un máximo histórico en 2026 con un crecimiento de 3.8% anual y de 87% respecto a 2018.

Mientras el mundo acelera la transición hacia energías más limpias, México comienza a escribir un nuevo capítulo en una industria que durante años avanzó a un ritmo menor al de su potencial. Los parques eólicos del país no solo están generando más electricidad que nunca, también están enviando una señal al mercado: la energía del viento vuelve a colocarse como uno de los sectores con mayor capacidad para atraer inversión, fortalecer la competitividad industrial y respaldar el crecimiento económico de la próxima década.

Durante los primeros cinco meses de 2026, la generación eólica alcanzó un récord de 10,020 gigawatts hora (GWh), un incremento de 3.8% respecto al mismo periodo de 2025, de acuerdo con datos del Centro Nacional de Control de Energía (Cenace) publicados por el Monitor de Energía del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO). El dato cobra mayor relevancia al compararse con 2018, cuando en el mismo periodo se produjeron 5,356 GWh. En ocho años, la generación efectiva creció 87%, incluso después de un periodo marcado por la limitada autorización de nuevos proyectos privados.

Este desempeño ha sido impulsado por la entrada en operación de proyectos que ya estaban en desarrollo, así como por la modernización y repotenciación de parques existentes, una estrategia que ha permitido extraer mayor capacidad de infraestructura previamente instalada sin requerir la construcción de nuevos complejos desde cero.

Hoy México cuenta con 8,131 megawatts de capacidad eólica instalada, distribuidos en 76 parques ubicados en 16 estados y operados mediante más de 3,300 aerogeneradores. En conjunto, esta infraestructura produce electricidad suficiente para abastecer a aproximadamente 12.1 millones de hogares, consolidando a la energía del viento como uno de los pilares de la matriz eléctrica nacional y como un activo estratégico para una economía que demanda cada vez más energía confiable y de bajas emisiones.

Detrás de estas cifras existe una fortaleza estructural que comienza a cobrar mayor relevancia para el sector empresarial. México posee algunos de los corredores de viento más competitivos de América Latina, una industria con experiencia técnica acumulada durante más de una década y una ubicación privilegiada para abastecer a empresas globales que buscan producir con electricidad limpia. En un entorno donde el nearshoring continúa redefiniendo las cadenas de suministro, disponer de mayor capacidad renovable puede convertirse en un diferenciador para atraer nuevas inversiones manufactureras, particularmente en sectores como el automotriz, electrónico, tecnológico y de centros de datos.

Las oportunidades de crecimiento también son considerables. La Asociación Mexicana de Energía Eólica (Amdee) estima que entre 2026 y 2030 podrían movilizarse inversiones de entre 4,000 y 5,000 millones de dólares para incorporar 2,159 megawatts adicionales de capacidad instalada. Paralelamente, los nuevos esquemas de planeación vinculante y contratos mixtos impulsados por la Comisión Federal de Electricidad ya permitieron adjudicar más de 3,900 megawatts de nueva capacidad con horizonte a 2030, lo que anticipa una etapa de mayor actividad para toda la cadena de valor.

Ese crecimiento trasciende a las empresas generadoras de electricidad. Cada nuevo parque eólico demanda acero, concreto, componentes industriales, transporte especializado, servicios de ingeniería, construcción, mantenimiento, logística de alta complejidad y soluciones digitales para la operación de activos. La expansión del sector representa, por tanto, una oportunidad para fortalecer cadenas de suministro nacionales, generar empleos especializados y consolidar capacidades industriales con potencial de exportación.

Sin embargo, el mercado también enfrenta retos que definirán la velocidad de su expansión. La industria mantiene una cartera cercana a 2,500 megawatts adicionales por desarrollar, equivalente a casi una tercera parte de la capacidad eólica actualmente instalada. Convertir esos proyectos en inversiones concretas dependerá de que exista mayor certidumbre regulatoria, procesos de autorización más ágiles y una planeación energética capaz de ofrecer señales claras de largo plazo al capital privado.

La infraestructura eléctrica constituye otro de los desafíos más importantes. El crecimiento de la generación renovable exige ampliar y modernizar las redes de transmisión para transportar la electricidad desde las regiones con mayor potencial eólico hacia los principales centros industriales y urbanos. Sin esa expansión, parte de la nueva capacidad podría enfrentar limitaciones para incorporarse plenamente al sistema eléctrico nacional.

Al mismo tiempo, México compite por el mismo capital que hoy buscan atraer otras economías. Los incentivos para energías limpias implementados en mercados como Estados Unidos y las estrategias de expansión renovable en distintos países de América Latina elevan la presión para ofrecer condiciones competitivas de inversión. En este escenario, la rapidez con la que el país logre ejecutar proyectos será tan importante como su potencial natural.

José Aceves, director en México de Sarens, empresa especializada en transporte pesado y montaje industrial, considera que la energía eólica atraviesa un momento decisivo y que los próximos años estarán marcados por una aceleración en las inversiones y el desarrollo de infraestructura. La compañía ha participado en proyectos estratégicos como la rehabilitación del parque eólico Reynosa, en Tamaulipas, donde realizó las maniobras de desmontaje e instalación de las palas de 64 aerogeneradores, una muestra del nivel de especialización que exige esta industria.

La historia de la energía eólica en México ya no se limita a la instalación de nuevos aerogeneradores. Comienza a convertirse en la historia de un país que busca fortalecer su competitividad mediante infraestructura energética moderna, atraer capital de largo plazo y responder a las nuevas exigencias de una economía global cada vez más orientada hacia la descarbonización. Si las inversiones anunciadas logran materializarse y los retos regulatorios y de infraestructura encuentran solución, la década que inicia podría marcar el momento en que el viento dejó de ser únicamente un recurso natural para convertirse en uno de los motores del crecimiento empresarial mexicano.

Colaboración: Editorial Auge.

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